No te veo, te siento 🔵🔴
Elegimos encontrarnos en el “Bar San Lorenzo”, un lugar conocido por Walter ya que de chico cruzaba junto a su padre a comprarse pebetes de jamón y queso. Solo nos bastó compartir un café para entender que es la persona perfecta para esta sección: un hombre cuya vida no se puede contar sin nombrar a su querido San Lorenzo.
“Los primeros que me llevan a la cancha son mi padre y mi abuelo, fanáticos de San Lorenzo como yo. Los días de partido teníamos la costumbre de almorzar ravioles en lo de mi abuelo y todos, en familia, caminar hasta el Viejo Gasómetro."
Con apenas 17 años, Walter comenzó a tocar el bombo con la hinchada de San Lorenzo. Poco tiempo después comenzarían los problemas con la visión. “Recuerdo como si fuera hoy el último gol que logré ver: año 1985, en la cancha de Atlanta, San Lorenzo contra Argentinos Juniors. Esa popular de tablones estaba ubicada de forma lateral y no detrás del arco. Vi a Walter Perazzo, todo vestido de blanco, sacar un zapatazo desde mitad de cancha… y aunque la pelota se me empezó a nublar en el recorrido, entre la imaginación y el grito ensordecedor de la gente, supe que había entrado."
En septiembre de 1986, un pico de presión le provocó un glaucoma que le hizo perder la visión. Lejos de alejarlo de su pasión, y a pesar de ir en contra de las recomendaciones médicas, apenas recibió el alta volvió a la cancha.
"Comencé yendo sin el clásico bastón, pintando un palo de escoba de color blanco y, una vez dentro de la cancha, utilizándolo con una bandera, como bandera de palo."
La presencia de Walter y su enorme bandera de 10 metros que decía “Mis ojos no pueden verte, mi corazón palpita por vos” no pasaban desapercibidas. "Los chicos de ‘La Butteler’ siempre me ayudaron: ingresaban mi bandera, la colgaban cerca de la de ellos y me cuidaban ante cualquier lío o tumulto. Yo me meto en todos lados, jaja."
Años después, las nuevas medidas de seguridad prohibieron el ingreso de banderas tan grandes y, en 2012, decidió confeccionar una más pequeña, de 4 metros, con el mensaje: “No te veo, te siento”. Ese mismo año, San Lorenzo peleaba por no descender. El partido más recordado fue ante Newell’s, líder del torneo. En el entretiempo, el Ciclón perdía 0-2 y la angustia se sentía en el aire. Pero en el segundo tiempo llegó la remontada: 2-2 y, en el último minuto, el Ciclón lo dio vuelta 3-2. Walter fue captado en video llorando de emoción, con la radio en una mano y el bastón en la otra. Esa imagen dio la vuelta al mundo y hasta llegó al Papa Francisco.
Hoy en día, Walter continúa yendo ceremonialmente a todos los partidos de San Lorenzo, con la misma pasión con la que visitaba el Viejo Gasómetro junto a su padre y abuelo. Querido y saludado por todos los cuervos de la popular azulgrana, su carisma y entrega lo hicieron reconocido en la tribuna… y, quién sabe, tal vez un poco más. Fuera de la cancha, es quiropráctico, administra locales comerciales, hace acupuntura y hasta cose zapatos a mano. Por eso, su campaña para ingresar a Gran Hermano no es solo una aventura: es una forma de demostrar que, incluso sin ver, se puede vivir con intensidad, romper límites y contagiar pasión… y aunque no sabemos cuánto podría aguantar ahí dentro sin escaparse a la cancha, sin dudas “encuervará” la casa con su pasión.